NO ES CUESTIÓN DE IMAGEN, ES CUESTIÓN DE IDENTIDAD
De entrada, es bastante
discutible utilizar la palabra marca como
una analogía de la cultura colombiana; pero si así fuera, considerando que marca indica un otorgamiento
para el uso de un derecho exclusivo que identificará un producto, en Colombia
no hay un producto único, lo que impide la
identificación de un todo; podríamos hablar de un portafolio bastante amplio de
pequeños malos productos sin que entre sí tengan concretamente un rasgo definitorio o
distintivo, que los haga al menos en
suma, una sóla marca.
Ser una marca es el producto de
un trámite jurídico para representar intereses y dinero, ser una simple
marca no es más que un color, un diseño y un talento humano trabajando para valorizar lo que por supuesto no es de goce público sino para el interés privado (sea para el Estado o para la empresa privada) pero sin percibirse los unos a los otros como
semejantes, sin lazos fuertes que los una; es decir, trabajan juntos por una "marca", pero juntos están lejos de
ser un todo; señoras y señores, así las cosas, y en virtud de quienes entienden
identidad como marca, tengo el placer de presentarles al Régimen Autoritario
Alemán del siglo XIX y XX, quienes pensaron una sociedad de marca y la
obtuvieron, fue aquella muy conocida de color
blanco, con diseño cuadriculado y trabajando para engrandecer la marca “Estado Alemán”, óigase bien, Estado Alemán no Nación Alemana. No quería decirlo tan pronto, pero lo siguiente a
lo anterior necesariamente es: La identidad de una nación, va mas allá de una
imagen corporativa. Entender a Colombia como una marca sí y sólo sí cuando
exista una reconciliación y pisemos la posguerra
tal como lo piensa el periodista
Ricardo Silva Romero, es un absurdo cuando se toma en el sentido literal; tener
una Colombia con identidad –o con marca- nos convoca a configurar la unidad
del sentimiento nacional habiendo dirimido y emparejado los antagonismos
contra las súplicas de nuestras minorías imperfectamente asimiladas, como
sucedió varios siglos atrás en Francia, Inglaterra, Italia y Alemania como
resultado de asumir con la revolución de las
ideas la misma necesidad de identidad que hoy nos atañe a los colombianos.
Sin embargo, para seguir con el
hilo del texto al que hago crítica, hablaré de marca cuando en realidad el
término apropiado sería identidad. Para
definir con tino y gracia un Estado verdaderamente nacional como el que
queremos, hace falta establecer una forma en donde todos los elementos de una
cultura, es decir moral, hábitos, religión y arte forman una unidad. Por tanto,
muy a pesar de lo que han venido pensando Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel
Santos, la marca de un país no se busca en el diccionario y entonces se
adjudica, ni mucho menos se impone de la manera más básica y mediocre apelando
a lo inmundo y vergonzoso de nuestros malos hábitos: Colombia es pasión. Esos hábitos borrachescos y viciosos, a título
de los cuales estos grandes ganadores de la partitocracia colombiana han hecho
sumir nuestra nación en una identidad falsa, conformista, pero sobre todo
alcahueta; ligada además, a la palabra verraquera,
de la cual decir que todo quien se
reputa en esta palabra y la practica, generalmente cree en ella como una
cualidad única que silenciosamente legitima los medios más bajos y
censurables para lograr lo que a bien considera, estando ante la cualidad motor de los enemigos número
uno de cualquier cultura: La corrupción, el provincialismo, el engaño, y la
trampa en general.
Estoy hablando de una nación, que excusada en este slogan, es exhortada a caminar de para abajo, como cuando uno es pasión, eligiendo ser más un animal
de cualquier especie menos de la humana; en lugar de promover un slogan, que en
lugar de la pasión, incentive la recta razón porque es ésta última la que
endereza las cosas hacia un fin más perfecto que el actual. La marca
es un resultado histórico, no se inventa, sino que se busca a través de una dialéctica
de naturaleza racional, a partir de la cual se desmenuza la historia hasta
llegar a nuestros más profundos rasgos y clamores, en un proceso exhaustivo de
búsqueda de la verdad que al final nos conceda la autoestima nacional que jamás hemos conocido.
Contrario a lo que piensa Ricardo
Silva Romero en atención a lo que dice el Inglés Simon Anholt, es totalmente cuestionable la
veracidad de una frase cuyo contenido es francamente ciego y desacertado, quizás
todo tenga que ver con la facilidad que tiene el periodista de combinar
alocadamente juicios de orden económico con otros de orden meramente cultural,
siendo estos últimos los de su interés en la columna publicada.
"Los buenos gobernantes de
hoy -dice el experto inglés Simon Anholt- en realidad son buenos gerentes de
marca". Pero lo que el periodista no
entendió es que para ser algún
gerente de marca, primero hay que tener marca. Así que, el
discernimiento de Anholt no aplica para Colombia. Sin embargo, lo que el Inglés
quiere destacar, es la importancia de que un jefe de Estado, al ser un fiel
exponente de su cuna, represente con altura los intereses políticos y
económicos de una nación frente a la comunidad internacional, es cuestión de imagen, no se trata de marca o identidad.
Tener una marca, va mucho más allá de poner fin a guerras, va más allá del
exterminio del narcotráfico. Todas necesarias, pero hace falta mucho más. Por
ejemplo, extinguir esta cultura política de sangre, colores, tendencias e
ideologías insanas, que nos hacen más rivales que complemento y enaltecen lo
más vil de la condición humana: La prepotencia, la ambición, el egoísmo y la
inecuanimidad, que conducen al delito.
En Colombia, la paz llegará cuando disminuyamos la Violencia Estructural. Por cuenta de ella
existe en nuestro país el desempleo, la
explotación, la mala administración y asignación de recursos comunes y de
seguridad social, de riqueza, de servicios públicos y demás factores
indicadores de desigualdad en Colombia.
Pero reitero, hablar de paz no es
hablar de marca, para ser una marca estaría de más anunciar en voz alta toda la
verdad como sugiere el periodista, esto sería entrar en el juego de colombia es pasión. Hace falta el
revisionismo histórico juicioso y racional; debemos alcanzar cierto nivel de identidad,
al menos hasta cierto nivel debemos ser iguales; este grado de identidad
necesario sólo es posible a través de
los principios y de los valores morales
mediante la ética, para que habiendo alcanzado ya un mínimo de
coincidencias podamos permitir que la Política haga lo propio, que sea la manera en la
que creamos consenso y no enemigos. Al respecto, Pierre Calame decía: La
declaración y el respeto de principios comunes, son el fundamento y la condición
misma de la convivencia. Así mismo, estos mismos principios comunes de tipo
moral en repuesta a lo que hemos sido y queremos ser, serán nuestra regla de reconocimiento, el sustrato de
identidad sobre el cual se podrán erigir elementos ulteriores de identidad, que nos permitan ser una marca.
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