El presente ensayo pretende hacer un esboce argumentativo, descriptivo y comparativo del pensamiento político de los autores en mención, apuntando preferencialmente a aquellos conceptos alusivos a la Justicia y tocantes del Derecho, para contrastar su viabilidad actual respecto de la política y su ejercicio, dentro de aquellos Estados que en general ostentan un marco socio-jurídico concordante con la Democracia; siendo para este caso, Colombia el punto de referencia.
NICOLAS MAQUIAVELO (1469-1527)
Para efectos de contextualizar la época en relación con el pensamiento político de Maquiavelo, ubiquémonos en los siglos XV y XVI y dentro de estos siglos en los años en los que este italiano vivió: 1469-1527; esta fue una época de Renacimiento en todas las áreas del saber, en la cual es propia una tendencia sustitutiva del teocentrismo por el antropocentrismo, así mismo una reivindicación de la cultura clásica; y por otro lado el periodo de una Italia con características particulares de decadencia, desunión político-religiosa, y por tanto detenida en su perfeccionamiento político.
En Europa existía la creencia general de la Iglesia como culpable del caos y de los males, e Italia no era la excepción; en este sentido SABINE, G.(1945) dice que:
Pese a que los papas del tiempo de Maquiavelo eran con frecuencia indignos y libertinos, consiguieron hacer de su estado [el de Maquiavelo] el más consolidado y permanente de Italia [la República de Florencia] (…) Como mayor parte de los Italianos de su época, Maquiavelo consideraba que la Iglesia era especialmente responsable del estado de cosas. Demasiado Débil para unir a Italia (…) Así, pues, en Italia el problema consiste en fundar un estado en una sociedad corrompida y Maquiavelo estaba convencido de que en tales circunstancias no era posible ningún gobierno eficaz, salvo la monarquía absoluta” (P.252, 253, 257)
Así, comienza a demostrarse el poder político de una iglesia cada vez menos en boga, ilegítimo en tanto incapaz de hacer sostenible un statu-quo de orden institucional y de progreso social. Lo cual, desataba ímpetus cambistas a favor de nuevas maneras de interpretación política y en contra de la corriente dogmática en uso desde los comienzos del Medioevo, dentro de un contexto generalizado de empalague religioso generador de respuestas socio-políticas impulsivas y desesperadas, en las que quedaban penosamente plasmadas conductas morales conducentes al egoísmo y a la ambición.
Lo anterior ilumina un punto de quiebre, un punto inflexivo en el cual una sociedad quiere dejar de ser algo para convertirse en otra cosa, una cosa que quienes vivían en esa época desconocían qué era con exactitud, simplemente sabían que había que reaccionar de alguna manera y esa reacción es el pensamiento político de Maquiavelo, frente a lo cual SABINE, G (1945) señalaba haciendo referencia a Maquiavelo que:
Ningún hombre de su época vio con tanta claridad la dirección que estaba tomando toda Europa en la evolución política. Nadie comprendió mejor el arcaísmo de las instituciones que estaban siendo desplazadas y nadie comprendió con mayor facilidad el papel que la fuerza bruta estaba desempeñando en el proceso. (P.252)
Y es verdad que hay que entender la postura de Maquiavelo, más como su reacción que como su convicción política de fondo; como una postura de poder mucho más sentada en la praxis ante una realidad particular de caos e inmoralidad, que en su idealismo político de vida social armónica. Óptica desde la cual esta vez SABINE, G. (1945) aclara que:
Nadie percibió con mayor claridad que él la corrupción moral y política que acompañaba a la decadencia de lealtades y devociones consuetudinarias, y sin embargo, acaso no hubo quien sintiese una nostalgia más aguda de una vida social más sana, tal como la que representaba a su juicio la antigua Roma. (P.252)
Recordemos entonces, este estado de cosas negativas sobre el cual se corrompía y se colapsaba el orden social y político de la época y coloquémoslo en las manos de Maquiavelo: Un problema estructural de este tipo, se resolvía con un soberano a la cabeza, dotado de lo necesario e impensado para proveerse a sí mismo de lo que sea preciso para hacer reinar el orden y gobernar un principado, un soberano que es origen y fuente del poder político y de la ley. (SABINE, 1945)
Debía existir una nueva manera de juego político en beneficio de la reivindicación institucional, porque en general, sobre las premisas medievales la institucionalidad estaba sumida en el fracaso, y para ello había que aniquilar la principal directriz de dicha institucionalidad ahora caduca: La Iglesia; como consecuencia la Iglesia comenzó a ser presa de la monarquía y de todas las fuerzas medievales en las que se había apoyado y empoderado, hasta desaparecer como autoridad jurídica. (SABINE, 1945)
Tras lo anterior se facilita entender el por qué y el para qué del razonamiento político de Maquiavelo. Una nueva lógica de justicia y por tanto otro modo de concebir el Derecho. Él encontraba justificada sus convicciones y causas en la disfuncionalidad medieval como aparato político social de cohesión, que precipitaba a los principados u otras formas de gobierno a la decadencia; pero aparte de encontrar unas causas dadas por una realidad negativa, sugiere una solución para dicha coyuntura, y es en este punto donde Maquiavelo genera controversia defendiendo mecanismos, medios y métodos, que a su manera SABINE G.(1945) -aludiendo al pensamiento de Maquiavelo- los explica como los medios por los cuales pueden los estadistas hacer que los Estados perduren. (P.254).
En realidad, lo que sucedía era que Nicolás Maquiavelo estaba separando la política de la moral, rompió esta tradición pre-moderna de siglos, y enseguida rompió con la moral como fuente de derecho y de justicia. El punto neurálgico para Maquiavelo estaba dividido en dos: Cómo llegar al poder y cómo mantenerse en él. La solución controvertía cualquier lineamiento de justicia de anterior procedencia; para él, encausarse hacia el punto neurálgico requería de virtud política, de astucia y de estrategia, de manera tal que mediante estas pudieran operar la fuerza y las leyes.
Para poder ser astuto y tener habilidad política, era menester para un gobernante conocer al pueblo y a los príncipes, porque según las características de ambos diseñaría una estrategia política que a su vez definiría una concepción de Derecho efectivamente variable y totalmente empírica. La fuente de todo derecho era él mismo, de acuerdo al grado de defectuosidad social y del enemigo. Para Maquiavelo los grados de defectuosidad humana eran excesivos y era éste exceso el que justificaba cualquier acción política desligada de principios morales e igualitarios.
Entiende el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la fineza y la fuerza en términos de lo conveniente según criterio del soberano, lo cual puede explicarse desde la siguiente conjetura hecha por SABINE, G. (1945):
Tras casi todo lo que dijo Maquiavelo acerca de política estaba el supuesto de que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y de que los motivos reales en los que tiene que apoyarse un estadista, tales como el deseo de una seguridad de las masas y el deseo de poder de los gobernantes, son de ese carácter (…) además, la naturaleza humana es profundamente agresiva y ambiciosa; los hombres aspiran a conservar lo que tienen y adquirir más.
Así las cosas, su método es la observación y la práctica del sentido común y de la astucia, para hacerla recaer en situaciones determinadas (SABINE, 1945), cada situación merece una visión distinta y por tanto una solución distinta –es decir, una visión distinta de la ley y una solución quizás mucho más violenta-, y para sobreponerse de cada situación será preciso el uso de la astucia y del sentido común valiéndose de las medidas políticas y jurídicas que sean necesarias para tal efecto.
El Derecho, a sus ojos no existe en términos claramente definidos como un derivado conceptual de principios o virtudes como la igualdad y la justicia de los clásicos; el Derecho para el autor es una mera atribución unilateral que otorga libertad al gobernante para hacer uso de la ley o de la fuerza según convenga, sobre un territorio poblado por habitantes cuyo único derecho del que son conscientes es a ser gobernados.
Maquiavelo reconoce que la Iglesia no solo empodera un poder divino sino que también constituía un poder terrenal, pero improductivo y disfuncional en el dominio de lo político, y separa toda injerencia religiosa y moralista para su ejercicio. Y es así como inicia la modernidad, estrenando un nuevo entendimiento de la política y de lo concerniente a su ejercicio, esta vez científico y empírico. En este sentido VIDAL. J (1985) dice que:
Maquiavelo, con su obra El Príncipe, es el creador y le da a la Ciencia Política su objeto: El Estado y el poder; y su método, al comportarse como el observador, no como el filósofo, como el testigo y no como juez; de forma que la Ciencia Política se torna descriptiva y no normativa, estudiosa del ser y no del deber ser, y se separa de la filosofía política de manera definitiva. (P.28)
Validez actual.
La viabilidad de una Monarquía Absoluta como sistema de gobierno, tal como la planteaba Nicolás Maquiavelo, hoy en día sería un absurdo. La Monarquía absoluta se ajustaba a la problemática social y a las condiciones particulares en los últimos tiempos de la edad media, y en este orden de ideas, es de gran importancia explicar que los Principados eran una forma de gobierno donde los habitantes estaban acostumbrados a vivir dominados, la opresión era algo más que legítima e incluso socialmente irrebatible, en principio porque el institucionalismo que se erigió portentoso y despótico en aquella época, sometió a un sueño profundo el ingenio del ser humano; y en segunda instancia, porque ese sometimiento impidió el hecho de resurgir y extraerse de aquella idea -al final utópica- de la construcción de un imperio universal como reflejo idéntico del Imperio Romano, es decir, no existían otras maneras de comprender una sociedad igualitaria y justa, visionaria del futuro y no estática hacia el pasado, hacia el antiguo Imperio Romano.
Avasallados por la Iglesia, por el cristianismo amañado y por el despotismo político, coexistían habitantes, instituciones y gobernantes, bajo el yugo hechizo del dogmatismo y la astucia política, que a su vez articulaban relaciones sociales y de poder desprovistas de libertades en general. Actualmente en el mundo, al referirnos a Estados, hablamos de Repúblicas mayoritariamente, o al menos constituye el ideal político de gobierno para todas las naciones, como consecuencia de que actualmente es solo en éste marco de ejercicio político donde se garantizan libertades y derechos, no conocemos aun otra, porque la Republica implica un Estado donde los ciudadanos están acostumbrados a vivir libres y percibiéndose como iguales los unos a los otros.
La ley actualmente es el instrumento mediante el cual un Estado es y subsiste en el tiempo, y hasta acá igual con Maquiavelo, aunque Maquiavelo no descarte la fuerza como segunda instancia; pero la ley es también actualmente regidora de las maneras como se accede al poder y se ejerce el poder, es la ley la que lo determina, y esto último controvierte las formas como Maquiavelo concibe que se llega al poder y se detenta, porque para él es la fuerza o el al linaje lo que permite penetrar al poder y es la fuerza o coerción la manera como se ejerce. En una República como la Colombiana, el Derecho -con la ley- posee la investidura para dar vida o dejar morir al Estado Social; la máxima de una Democracia es lograr satisfactoriamente un Estado Social de Derecho, consagrándose así el fin último de su misión.
Los Estados con formas de gobierno de carácter republicano, sin importar si presidencialistas o parlamentaristas, cobijan sociedades libertarias que claman por derechos y garantías cada vez que pueden, además que están acostumbradas a tener deberes sociales; desde este punto de vista, el modelo de Maquiavelo probablemente sería un puente no solo hacia el retroceso, sino hacia un caos producto de la desorientación social.
Es difícil pensar que Colombia soportaría un cambio político tan abrupto. Un caso similar, ya registraba la Historia en el siglo XVII, si retrocedemos y nos ubicamos en Inglaterra, encontraremos allí una guerra civil suscitada por la evasiva que Carlos I hizo a la Carta Magna que regía desde más de tres siglos atrás; haber pasado por alto la carta significaba para Inglaterra volver a una Monarquía Absoluta cuando anteriormente hacían gala de una Monarquía Constitucional, esto como ya mencioné, desató una guerra interna.
La República de Colombia posee una sociedad acostumbrado a gozar plenamente de libertades, y quienes no, están acostumbrados a aspirar a gozar de ellas algún día o por momentos; los rasgos culturales y políticos que tenemos facilitan que opinemos y protestemos cuando nos place; somos una nación en cuya vena fluye el deseo de riqueza -de que poseer cada vez más- el deseo de progreso, y el de querer salir adelante por nuestros propios medios; los colombianos son independientes, incluso los opositores -así no lo vean mucho-, son partidarios de la propiedad privada y defensores de las libertades individuales. Somos todo esto como consecuencia de una constitución Política, es decir somos lo que somos por el ordenamiento jurídico que permite y prohíbe cosas. O habría que preguntarle a los Colombianos, Estado Unidenses y Franceses con edades entre los 15 y los 40 años, qué corre por sus venas el día de hoy, ¿Acaso no es libertad y deseos de llegar a donde les dicte sus deseos?, ¿Acaso no es eso lo que sus mismos padres les inculcaron para un día poder llegar muy lejos?
En Colombia, la ley es la que nos da lo que queremos, y cuando no lo hace la criticamos, porque de alguna manera sabemos o sentimos que nos pertenece y que está hecha para nosotros, para el pueblo, no para el gobernante, porque al sentirla de su lado reprochamos el hecho, incluso violentamente.
A pesar de lo lejos que estamos de una monarquía absoluta y de digerir los conceptos de Derecho y de Justicia tal como los defendía Maquiavelo, existen ciertos elementos, esta vez no en los ámbitos del derecho ni de la ley, sino en el ámbito político, referidos a la política como estrategia, que hoy en día tienen vigencia al punto de representar el empirismo político. Aun es vigente que quien vaya a Gobernar deba conocer al pueblo, a sus homólogos –para Maquiavelo Príncipes- y a los de la clase política – estirpe -. Para Maquiavelo esta premisa era núcleo en cualquier estrategia política, fundamental para que ella fuera impecable y funcional; y de esta premisa se deriva otra menos noble pero con vigencia también: De todos estos –pueblo, homólogos y clase política- mantén contentos a los más poderosos porque con todos no podrás, ellos, los más poderosos, serán quienes te mantendrán en el poder y serán cómplices de todas tus decisiones; en este sentido es deber ineludible aparentar incluso lo que no eres, lo que importan son las apariencias y no lo que en realidad es, porque es así como el pueblo y la clase política te juzgan.
Pueda ser que la astucia política que exponía Maquiavelo impere en nuestro país desde que nos convertimos en República independiente; sin embargo es un elemento inviable ya que es un antónimo de trasparencia, y riñe con la Democracia y sus valores más preciados: La justicia, la igualdad y la solidaridad.
FRIEDRICH HEGEL (1770-1831)
Aun cuando el análisis dado a Nicolas Maquiavelo en páginas anteriores es un trabajo independiente del que se hará a Friedrich Hegel, es interesante anotar que en ambos autores los contextos políticos coyunturales en que se funda el desarrollo de sus teorías, manifiestan realidades de decadencia o estancamiento socio-políticas en sus países de origen -Italia y Alemania respectivamente- y su comprensión de lo político en ambos casos apunta a la formación de un nuevo statu-quo que desde el punto de vista de cada autor resultaba imperativo construir para la bienandanza nacional.
Al haber leído y estudiado a Nicolas Maquiavelo y a Friedrich Hegel, me fue inevitable relacionarlos entre sí, lo cual no tenía presupuestado para efectos del presente ensayo. Sin embargo, aunque la comparación entre ambos no será esta vez el medio ni el fin, tal vez resulte productiva cuando se haga, teniendo en cuenta que ambos representan puntos álgidos en el pensamiento político moderno; Maquiavelo como el pionero y Hegel como otro del itinerario moderno pero que “consideraba El príncipe como la grande y auténtica concepción de un verdadero genio político, con el fin más elevado y más noble”(CARLYLE R.W y CARLYLE A.J, 1903 en SABINE G, 1945, P.465). Así mismo no está de más agregar que “se ha sugerido que en 1802 su ambición [la de Hegel] era nada menos que convertirse en el Maquiavelo de Alemania” (SABINE G, P.465)
Hegel esencialmente pensaba que en su país hacia falta una revolución de ideas - como lo pensó Maquiavelo también dos siglos atrás en su Italia natal- observando cómo los franceses e Ingleses ya habían tomado su historia nacional en beneficio propio y la habían transformado gracias a un sentimiento nacional que terminó por unificarse y compactarse al punto de una identidad Nacional transformadora, porque “Alemania, sostenía Hegel, se ha convertido simplemente en una serie anárquica de elementos virtualmente independientes” (SABINE G, P.463), y cuando se refería a estos elementos hablaba de una Alemania socialmente desunida y segmentada por razones culturales, como consecuencia de cientos de años de feudalismo.
Alemania según Hegel atravesaba por un mal momento, y como Alemán se sentía disminuido a la hora de poner a su país en perspectiva con las potencias europeas de la época, no solo en materia social sino económica en igual medida, en cuanto a esto SABINE G. (1945) argumentaba que:
Alemania, en la época de Hegel y después, no había logrado esa unidad del sentimiento nacional que había existido por mucho tiempo en Francia e Inglaterra. Su mentalidad estaba llena de provincialismos y antagonismos contra sus minorías imperfectamente asimiladas (…) en Francia y en Inglaterra los derechos naturales se habían convertido en la defensa de una revolución nacional contra la Monarquía, pero en Alemania no había habido revolución. (P.475).
En realidad no era que Hegel desaprobara la Monarquía como forma de Gobierno, todo lo contrario, la consideraba fundamental pero sobre la base constitucional. Sin embargo, Hegel acude a lo que él llamo la dialéctica para construir una nueva manera de interpretar lo que históricamente había sucedido con cada uno de los componentes nacionales de Alemania, entendiendo por componentes nacionales las tradiciones del arte, del Derecho y la moral .
La dialéctica sería un nuevo método de naturaleza racional, aislado totalmente de la divinidad y parcialmente de la moral, que conllevaría a un mejor entendimiento del desarrollo histórico de cualquier cultura para aproximarla a una verdad empírica de cohesión nacional, porque la Historia para Hegel “aporta los principios de una crítica objetiva, inmanente en el curso del desarrollo mismo, que distingue lo verdadero de lo falso y lo significativo de lo trivial” (SABINE G. 1948, P.460)
Digo que aislado parcialmente de la moral porque para Hegel “las reglas de la moral privada no limitan la acción de los Estados” (SABINE G. 1948, P.465). La moral que Hegel comprendía, se construía, no eran un listado de principios o virtudes al estilo Aristotélico, siendo para Schmitt la moral producto de una aspiración nacional ya dada pero a entender y a identificar claramente. Subordinaba la existencia y el uso de la conciencia moral individual a la existencia de una más poderosa que es la conciencia moral Nacional, concebida por un espíritu que se deriva del complejo cultural de una Nación. En cuanto a la moral decía Hegel según SABINE G, 1945:
¡Cuán ciegos están los que pueden imaginar que las instituciones, las constituciones y las leyes pueden persistir cuando ya no están de acuerdo a la moral, la necesidad y los fines de la humanidad y cuando ya están vacios de sentido! ( P.463)
En este punto, para sintetizar, entendemos un método de razonamiento universal basado en la historia, evocado para dar fruto a una verdad casi llevada a lo absoluto, ¿para qué? Para definir con certeza un estado nacional que posee el poder político al instituir el poderío de una Nación donde “todos los elementos de una cultura: Religión, filosofía, arte, moral, forman una unidad”( SABINE, G) y la unidad es fortaleza y poder; de acá podemos ya ir infiriendo que el individualismo que propugnaba Francia -como causa y fin de la revolución francesa- comprometía vulgarmente, en incluso técnicamente, la materialización de un estado nacionalista porque, implantarlo implicaba la renuncia del individualismo moral y político para subordinarlo al un estado que, “según la filosofía del Derecho de Hegel, es moralmente superior al individuo y a la sociedad civil”(SABINE,G), así, el nacionalismo por naturaleza suprimía al individualismo y así mismo a su musculo ejecutor: La libertad individual; según SABINE G, (1945) la libertad, pensaba Hegel, debe ser entendida como un fenómeno social, una propiedad del sistema social que surge a través del desarrollo moral de la comunidad (P.479)
Para terminar de comprender el concepto del origen de la unidad, que es un constructo, traigamos a colación cómo Hegel concebía el origen y la existencia de una Constitución Política: “preguntar quién hace una constitución, decía, es una tontería porque las constituciones no se hacen” (SABINE, G.1945. P. 484) “una constitución no es simplemente algo que se fabrica, es la obra de siglos, debe ser considerada como algo simplemente existente en sí y por sí” (BOSANQUET, B. 1899 en SABINE, G. 1945. P.484). entonces, el origen de esa unidad, esta ya dado, existe, solo hay que buscarlo en la historia, desde el presente en el pasado cultural de una nación, no hay nada que fabricar, las cosas son en el momento por el hecho de un pasado en cuyo análisis y conclusión reposa una verdad infranqueable, el hecho es llegar a conocerla y a cristalizarla por medio de la voluntad general. Hegel debía conocer y entender perfectamente los principios rectores de la nación alemana para unificarlos en un estado nacional.
En estas últimas ideas, radica su manera de ver la fuente de Derecho. La voluntad de una unidad nacional es fruto de toda una voluntad general, no entendida como la suma de muchas voluntades independientes y diferentes entre sí, sino de una voluntad que es común y homogénea por razones culturales y por tanto una sola voluntad institucional, nacional, estatal y soberana. Así, la libertad individual solo se activa cuando es en función de la comunidad o del estado, porque “en el Estado, la libertad negativa de la voluntad individual es sustituida por la libertad real de la ciudadanía” (SABINE, G. 1945), y en este sentido, el Derecho abogará por normativizar la restricción o la viabilización de conductas individuales que favorezcan el devenir social unitario en cabeza de instituciones sociales de idéntica naturaleza.
Decía SABINE,G (1945): La teoría Hegeliana de la libertad no implicaba nada definitivo en cuanto a las libertades civiles o políticas (P.483)
Lo que traduce en un ordenamiento jurídico referido a la masa y no al individuo, mediante una norma cuyo sentido moral varía de acuerdo al interés nacional de momento, que solo el Estado puede comprender bien y así direcciona según perciba cambios; el individuo y la sociedad existen para el Estado y este último es el premio o reconocimiento de la entrega individual por la comunidad.
En este sentido SABINE, G. 1945 dice que el Estado no es medio sino fin. Representa el ideal racional en desarrollo y el elemento verdaderamente espiritual de la civilización y como tal utiliza o crea a la sociedad civil para la realización de sus propios fines. (P.481). A diferencia de Hobbes y Rosseau, quienes concebían el Derecho en términos de pactos o acuerdos que otorgaban poder a un soberano mediador y distribuidor de garantías de seguridad, el Derecho para Hegel es el poder que faculta una ordenanza superior desde la unidad para la consecución de aquel fin más perfecto que los seres humanos pueden conseguir: El Estado, sin embargo la retribución estatal para con la unidad (pueblo) es roñosa y estrecha
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Validez actual:
El pensamiento político de Hegel, debe considerarse hoy en día fundamental para el fortalecimiento de una Democracia en el siguiente punto: Unidad generadora de identidad nacional. La realidad socio-política que Hegel estudiaba en la Alemania del siglo XVIII y XIX coincide con la realidad socio-política de la Colombia del siglo XXI en algunas maneras.
Veamos pues, cómo era Alemania social y culturalmente en aquella época; al respecto SABINE G, (1945) entendía que “Hegel encontró justamente la causa de la debilidad de Alemania en el particularismo y el provincialismo que consideraba defecto nacional del carácter alemán” (P.464)
Alemania era una nación desunida por provincialismos, algo que si ubicamos en perspectiva para el caso colombiano resulta semejante, porque Colombia, aun en el Siglo XXI no ha podido generar una verdadera identidad nacional con base a su tesoro cultural, lo cual se explica en gran medida por la persistencia social en crear líneas culturales divisorias y diferenciadoras de los unos a los otros, por la creencia equivocada de tener orígenes e historias diferentes, cuando todos hacemos parte de una misma historia desde orígenes coloniales.
Siendo un país geográficamente pequeño, nos enorgullecemos testarudamente de ser diferentes los unos a los otros; unos creyéndose más astutos que los otros, los de un lado afirmándose como más hábiles en los negocios que los del otro extremo, aquellos exhortando una mejor gastronomía, y otros jactándose de poseer genéticamente cualidades dancísticas superiores a la de los otros, etc., y en conclusión una sociedad expectante alrededor de un rin dentro del cual combaten nuestros rasgos culturales; como si fuera un juego nos produce risa y gozo, nos cae en gracia creernos muy diferentes los unos de los otros sin notar que nos desunimos por nimiedades la mayoría de ellas irracionales e inverosímiles.
El provincialismo que Hegel refiere, es el mismo regionalismo Colombiano absurdo que hace a los unos superiores a los otros socio-culturalmente según nociones infantiles de pobre intelecto en las que sientan su superioridad cultural y en las que creen abiertamente al punto de convertirlas en razones existencialistas para una vida feliz, no importa si en el hambre y la escasez.
Hegel dio cuenta de lo inmensamente dañino que estaba siendo la ausencia de una concepción elevada de unidad mediante la identidad cultural y la moral; el autor creía en una moral superior o general regidora de las demás flotantes, de manera que la moral no era un tema en el aire que todos podían manosear y adaptar para sí de acuerdo a su particularismo cultural, al pensar que era un aspecto fundamental en la consecución de la unidad nacional y de la libertad.
Indudablemente a Colombia le hace falta entender verdaderos valores culturales comunes; no se trata de una homogenización social, porque en la pluralidad está lo exquisito de la Democracia y su esencia a la vez, se trata de enrutar a las nuevas generaciones hacia el ejercicio sano del poder y del convivir, sobre la base de principios morales en los que todos coincidirán, que los harán sentirse hermanos y los harán dirimir las diferencias nunca ausentes, pero en un escenario pacífico y de conciliación.
La educación es un tema de primer renglón hacia la conquista de la Democracia y de la paz, la educación esta vez no universitaria ni técnica, sino la educación en una estructura de valores políticos y sociales previamente identificados y consensuados, que recaiga de manera sistemática sobre la población colombiana desde su niñez, para efectos de una “identidad” socio-política que permita desarraigar esta herencia de antivalores relacionados con el mal convivir y participar, porque el problema está en la raíz: nuestra cultura socio-política.
Debemos alcanzar cierto nivel de identidad (unidad), al menos hasta cierto nivel debemos ser iguales; este grado de identidad necesario, sólo es posible a través de los principios y de los valores morales mediante una nueva dialéctica de la ética, para que ya habiendo alcanzado un mínimo de coincidencias podamos permitir que la Política haga lo propio: Que sea la menera en la que creamos consenso. Al respecto, CALAME, P.(2003) decía que la declaración y el respeto de principios comunes, son el fundamento y la condición misma de la convivencia. (P.253)
La participación política general solo es posible a través de formas estructurales que se vinculen con las tendencias y valores generados por el proceso histórico peculiar de cada sociedad. (P.43) La anterior idea de GUILLEN,F (1973), al ser desglosada para el caso colombiano significa lo siguiente: Han existido tendencias sociales que definieron valores o antivalores políticos como producto de nuestra Historia y su depuración cultural; estos, por ser tradicionales no deben prevalecer si son negativos, sino que deben ser transformados por unos que engranen con las formas estructurales de participación democrática, que a su vez deben tener las siguientes funciones según CADART J (1975): Ser instrumentos de formación de la opinión, encuadramiento de los electores y de los elegidos, e intermediarios permanentes entre los electores y los representantes.. (P.253)
En realidad Hegel buscaba la manera en que Alemania pudiera estar unida para que fuera un verdadero Estado. Pensaba que para que el Estado estuviese unido, primero debía estarlo la comunidad, que para que el Estado fuera fuerte, primero debía ser fuerte la comunidad, y para que la comunidad estuviese unida y fuerte debía encarnar una identidad, que fundaba a su vez una unidad, dependiente de la voluntad general de la comunidad, y así sentirse adherida y auténtica en la abundante cosecha cultural rebosante a sus pies. Aunque Hegel no entendiera el concepto de unidad en el marco de una Democracia, aporta una nueva visión de unidad y de moral común para el pensamiento político posmoderno; de esta forma lo revela CALAME, P (2003) al afirmar con seguridad en un texto, que para ser democrática, la gobernanza exige un acuerdo sobre principios comunes y esos principios son necesariamente éticos. (P.103)
Hegel detectó en aquella Alemania de la preguerra, una desorientación por lo fundamental, SABINE, G. (1945) decía que Hegel primero identificó el particularismo alemán con un amor anárquico por la libertad, que concibe erróneamente la libertad como una falta de disciplina y autoridad. Para el caso colombiano, si bien percibimos que la ley no es factor liberalizador en tanto en ocasiones no nos libera sino nos oprime en la pobreza y la desigualdad etc. entendemos de similar manera la libertad, entendido no como el único principio de Derecho que en la práctica hace posible la convivencia pacífica, sino como un concepto sin textura ni profundidad que justifica cualquier tipo de conducta en virtud del bienestar propio.
El concepto de unidad nacional, podría ser perfectamente aplicable al caso colombiano sólo orientado a la consecución de una verdadera identidad como colombianos que nos direccione por la ruta del progreso y de la unidad, del estudio juicioso y lógico de la cultura a lo largo de nuestro desarrollo histórico para dilucidar valores culturales positivos y comunes como nueva fuente de Derecho puro y acertado. Por otro lado, si viene cierto que Hegel concentró su interés en la trasformación social y per se fue ahí donde encontró un gran aporte, su dialéctica no logró el grueso racional esperado conducente a un mejor entendimiento del Estado, porque más allá de concluirlo como un órgano con supremacía, lo dejó sin una delimitación clara de libertades y deberes para con él mismo y la comunidad; al ensanchar los limites de poder estatales por exceso de atribuciones e investidura, redujo también el espacio político de acción de la comunidad, que terminaba siendo un simple objeto a control remoto por defecto de libertades y autonomía.
Por otro lado el modelo de conducta política que plantea Hegel no representa el ejercicio del poder y de libertades ciudadanas planteado por la Democracia colombiana. Colombia es un estado republicano que defiende la libertad sobre un supuesto de orden que sólo puede propiciar una estructura democrática, que a su vez entiende la consecución de identidad nacional sin ser privativa de las libertades individuales y colectivas, aunque valga aclarar, que sin suficientes meritos constitucionales ni normativos para su conquista.
Hegel plantea un Estado de Derecho desde el pueblo para el Estado; el pueblo legitima una unidad cuyo carácter es incitado por el propio Estado, los Alemanes cedían todo su poder al estado a cambio de mantenerlos unidos en una dirección que francamente desconocían. Así pues, vemos cómo el pueblo se trasforma automáticamente en el medio del Estado a través del cual se empodera para sí.
Colombia es exactamente todo lo contrario, porque su pueblo cede todo su poder a la ley a cambio de que ésta mantenga regulados en derechos y deberes, al Estado y al pueblo que lo elige, siendo todos hijos de la misma ley e iguales ante ella. Entonces, el Estado con investidura jurídica total, se trasforma inmediatamente en el medio a través del cual la sociedad se regulará sobre la línea de equilibrio entre sus libertades y obligaciones (justicia). En suma, la cultura democrática que percibe Colombia –independiente de cuán madura o funcional sea- imposibilitaría la viabilidad de implantar un modelo social, político y jurídico como el que proponía Friedrich Hegel en la Alemania de hace dos siglos.
El presente ensayo concluye que, de manera general, los conceptos de justicia y de Derecho abordados por los dos autores anteriormente expuestos son actualmente insostenibles sobre terrenos democráticos e inconsistentes a propósito de una Colombia con visión política distinta ajustada a enfrentar sus nuevos y antiguos retos jurídicos, sociales, económicos y culturales. Sin embargo, es pertinente concluir también que para el caso colombiano, en el ámbito de lo político, es decir del ejercicio de la política y del poder, actualmente existen en la práctica semejanzas o coincidencias como pudo evidenciarse durante el ensayo. Ambos autores dejan un gran aporte en la comprensión de la política y el ejercicio del poder en nuestros días, así mismo del la evolución del Derecho como ciencia jurídica cada vez más aplomada y juiciosa sobre su convicción pura de justicia.
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BIBLIOGRAFÍA.
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Carlyle R.W. y Carlyle A.J (1903). A History of Medieval Political Theory in the West, 6 vols. Londres. 1903-1936.Vol.I (1903), partes I y II.
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